Diseñar una piscina es imaginar un límite para el cambio de estado de la solidez de un terreno a la fluidez del líquido de una lámina de agua. Ese límite también lo es para el sentimiento de seguridad de las personas que las visitan o poseen. En el firme suelo nos sentimos seguros, somos ágiles, es nuestro terreno. En el agua somos intrusos, nos movemos de forma torpe y sólo por la superficie. No obstante, nadie duda del placer que supone sumergirse en esa inseguridad durante las épocas de estío. Una piscina puede proporcionar alivio cuando hace mucho calor, puede ser un medio para hacer deporte y también puede proporcionar otro tipo de placer: el visual, al ser diseñadas de forma que se integren en el entorno en el que se ubican, teniendo en cuenta el soleamiento, el paisaje y la interacción con la vivienda a la que se adosan. En los años de experiencia profesional que poseo, he tratado de integrar todos estos conceptos, añadiendo una especial preocupación por la elección detallista de los materiales y una cuidada ejecución de las piscinas para evitar los problemas habituales que suelen surgir tras su construcción.